Será por mi conocida sensibilidad, será por mor de una concatenación de circunstancias o simplemente porque tengo muy mala leche, que desde hace tiempo, el músculo cardiaco se me contrae con cierta facilidad provocándome angustias variadas. Y lo cierto es que el asunto me desasosiega.
Resulta que al socaire de los tiempos que corren en la España del tercer milenio, la nueva clase dirigente se ha propuesto la sagrada misión de corregir, cuando no de alentar a otras fuerzas vivas para que abanderen el proceso, algunas cuestiones históricas que, según su buen entender, hacen que los españoles no podamos convivir definitivamente en armonía en una nación de naciones y cuyo nombre estaría por definir. Un asunto, por cierto, que sólo interesa a cuatro visionarios de aldeas perdidas.
Pues bien, inmerso en este decorado y cuando me disponía a ingerir la habitual aspirina matinal, las piernas me flaquearon y las pulsaciones se dispararon al conocer otra buena nueva a modo de reflexión histórico-festiva: que "fueran militares" los protagonistas de los dos periodos dictatoriales que tan bien hicieron para depositar a España en las cloacas de la historia, "fue resultado del azar".
Tamaña afirmación salió de la boca del otrora ministro de Defensa, José Bono en una visita a Berlín, y de las que se hizo eco El Mundo en su edición del 15 de septiembre de 2005, quien abundando en tan original pensamiento, añadió que los golpistas también podrían haber sido boticarios. Y por qué no pescadores de bajura o fontaneros e incluso albañiles a tiempo parcial.
Las horas fueron pasando y cuando comprendí que semejantes declaraciones poco tenían que ver con mi afición por el consumo de psicotrópicos, puse a trabajar a unas destartaladas neuronas que me ofrecieron argumentos para rescribir, con tono desenfadado no exento de talante, un episodio tan siniestro.
El otro costal
Aunque no pretendo negar las similitudes con hechos históricos de principios del siglo XX, lo cierto es que el protagonista de lo que va ha ocurrir en breves líneas viste de blanco y unas de sus herramientas de trabajo es un rodillo de madera que suele blandir para acompañar sus diatribas sobre el fin de la civilización y los peligros del pensamiento difuso.
Arquetipo de ser humano indigesto, Agapito Hornos fue un maestro panadero de profundas convicciones religiosas que rigió un vetusto horno desde tiempos inmemoriales, herencia de una madre abandonada por un marido de libertina existencia y amor a los libros, que capeó el temporal de la vergüenza gracias a los rezos.
Desde su tierna infancia, Agapito fue testigo de los avatares que convulsionaron una España anclada en la más añeja tradición feudal, aunque a diferencia de la inmensa mayoría de aquéllos españoles, el suyo fue siempre un estómago a plena capacidad.
Con el paso de los años, su admiración por Primo de Rivera había alcanzado cotas desconocidas por aquel entonces, hasta el punto de llegar al paroxismo el día en que el ‘patriota’ asumió el poder para mayor gloria de Alfonsito y van trece. Según pensaba nuestro amigo, España volvía a enderezar su rumbo. La opinión de otros era exactamente la contraria.
No obstante, y como sucede cuando se admira sin límites, Agapito comenzó a sentir en su fuero interno que algo no marchaba bien porque el populacho se mostraba descontento a pesar de los denodados esfuerzos de aquellos que dirigían el destino de la patria. Tal vez el eficiente panadero vislumbraba un porvenir lleno de quebrantos en el que la insolencia y la falta de valores podrían llevar al caos.
Es necesario, se repetía una y otra vez, mayor dureza con los alborotadores que sólo buscan desestabilizar lo que siempre ha sido la mayor reserva espiritual de Occidente, por lo que debe entenderse que la llegada de la II República no calmara sus augurios. Es más, aquella tarde del 14 de abril de 1931, juró ante la foto de su madre que él abría de hacer algo para conjurar los males de España, para lo que desde ese instante comenzó a fraguar su plan.
Transcurría el año 1936 cuando Agapito entendió que, tras aplicarle el fuego lento que tan famoso lo había hecho en el universo panadero, su plan estaba a punto, por lo que decidió convocar al resto de los conspiradores: un reputado pastelero septentrional, un vinatero de sonrosadas mejillas y un arzobispo casi católico de profundas convicciones pederastas. Aquel no era otro que el directorio del que él fue su alma mater.
Tembloroso ante lo que se presentía como un momento histórico, Agapito Hornos se dirigió al triunvirato y desglosó su ideario en un breve discurso que por su interés reproduzco en su integridad. Eran las 21:30 horas y en la calle los grajos volaban muy, pero que muy bajo.
“Camaradas, sobresaltado ante tanto caos y decididamente dispuesto a enderezar lo que parecen designios inamovibles que conducen a la Patria española a los brazos del tirano marxista-masón-difuso, declaro solemnemente que desde este mismo día encomendamos nuestro espíritu al supremo hacedor, sabedores que desde su privilegiada atalaya nos apoya en nuestra decisión de atajar la ponzoña que infecta el tejido patrio.
La tierra ibérica por las que galoparon desde el Cid hasta nuestros católicos reyes será testigo del implacable paso de quienes vemos en nuestra acción liberadora el principio de una nueva Reconquista.
Así que pido a mis entusiastas camaradas que hinquen las rodillas en el suelo y al grito de ¡Viva la Hispania eterna! hagamos ver a nuestros enemigos el poder que destilan estas hermosas… barras de pan. Armas con las que seremos capaces de doblegar su espíritu”.
Efectivamente, y sólo fruto del maldito azar, un panadero fue capaz de soliviantar a las ‘masas’ y unir en torno a su oronda figura a lo más granado de aquella España que tanto sufría ante la sola idea que el común de los mortales pudiese tener la osadía de pensar, no de manera perfecta, si no de forma autónoma.
Poderosa herramienta es aquella que se cuece a fuego lento.